Cataluña ‘Tinder Plus’

Al proceso soberanista catalán le ha ocurrido como a Tinder. Del básico y trivial razonamiento sentimental de sus inicios ya no queda nada, y ahora sus partidarios sólo son capaces de disfrutar del amor –al catalán autóctono, a la lengua o a la nacionalidad- si éste se encuentra plagado de mentiras, lascivia y obscenidades. Malditas sean las apps para ligar, cómo nos han lavado la cabeza. Pero que tampoco cunda el pánico: que hasta Tinder se les ha quedado corto a los catalanes y necesitan encontrar una mejora. ¿Se contentarían, quizá, con Tinder Plus? ¿O con Tinder Gold?

En el número de febrero de la revista Letras Libres, dedicado al amor y a sus nuevas manifestaciones culturales, el ensayista y periodista Ricardo Dudda colaba un texto que, a priori, poco tenía que ver con el asunto central de la publicación. A fin de cuentas, tratar Las mentiras del catalanismocuando también has hablado, páginas atrás, de relaciones interpersonales y sentimentalismo virtual parece descontextualizado; pero, de nuevo, nos equivocamos. No en balde, todas son historias del querer, aunque luego -es verdad- cada una se entienda a su manera. En este caso, el artículo de Dudda vertebraba una crítica rotunda contra el libro ‘Ensayo general de una revuelta: las claves del proceso catalán’ (Galaxia Gutenberg, 2019), del también periodista Francesc-Marc Álvaro. Y, de entre todas las alusiones referidas, me quedé con esta definición institucional de la Cataluña soñada: «una República posnacional basada en la democracia avanzada y la justicia social, en la que cada uno podrá sentir la identidad que quiera y aspirar a una vida mejor». Efectivamente, los catalanes independentistas, así, y con Tinder Plus, estarían satisfechos. Sigue leyendo

Sobre los malos despertares

(Texto original publicado en Neupic)

No hay despertares buenos o malos: todos son peores. Aunque sean voluntarios a las siete de la tarde de un sábado sin resaca, que es cuando Roberto Bolaño amanecía en su casa de Girona para emprender sus largos paseos rimbaudianos. Despertar es como tener jet lag y el jet lag no es otra cosa que «una máscara de la desaparición», «una sensación de estar y no estar», como diría el autor chileno. Y es que nunca hubo nada heroico en viajar de Barcelona a Buenos Aires, como tampoco lo hubo en levantarse de la cama a destiempo. O peor aún: temprano. Aún así, existen madrugadores que se empeñan en quitarse años de encima e insomnes que sudan su esfuerzo por atraparlos. La división del sueño y su acumulación originaria no ha traído más que problemas y desigualdades.

El promedio en un hombre adulto es dormir alrededor de ocho horas al día. Con sus rituales, sus pastillas, sus diez minutos de conciliación. Sin embargo, el mismo hombre, que es ceremonioso y puritano al acostarse, rompe con todo cuando a la mañana siguiente abre los ojos y no intenta cerrarlos desesperadamente. Desconocemos que el desvelo también tiene sus fases y sus tiempos; y si no son tres (al menos) las veces que uno ha intentado levantarse antes de lograrlo, no habrá merecido la pena el descanso. Sigue leyendo