Ventanas

En ‘Las olas’ (Edhasa, 2012), de Virginia Woolf, una de sus memorables protagonistas -cuando todavía era pequeña e inocentona- creía firmemente en el poder emancipador de las distracciones: «Es aburrido —dijo Jinny— pasear por la carretera principal sin ventanas a las que mirar, sin ojos borrosos de cristal azul sobre la acera». Por suerte, en estos tiempos de cuarentena y encierro todos somos como Jinny. Han cambiado algunas cosas, claro está: ahora ya no hay carreteras por las que podamos pasear -o circular, siquiera-, pero estamos distraídos y viviendo entre cortinas, persianas y vidrios de doble acristalamiento convenientemente desinfectados. Es detrás de ellos, precisamente, donde está la resistencia. Y es también donde nos estamos agolpando estos días para poder ver, aunque sea en la distancia, los lugares por los que hace no mucho transitábamos, y que, dentro de muy poco, volveremos a pisar.

Con la vida reducida a un par de kilómetros cuadrados, que es a lo que alcanza la vista si uno se concentra en el paisaje que hay detrás de los balcones, la rutina se ha visto forzada a claudicar. Hemos limitado las opciones y, como en aquel poema de Alcántara, nos toca disfrutar de lo esencial: «Le gustaban pocas cosas: / el alcohol y las ventanas, / el mar desde una colina / (…) las noches y los amigos / el verano y tus pestañas». Porque gustar, lo que se dice gustar, seguirá gustándonos lo mismo, pero ahora no podemos deleitarnos. Por suerte, para momentos así nos quedan las ventanas. Sigue leyendo

La raíz de la actualidad: Día Mundial sin Alcohol (AUDIO)

(Texto original publicado en OnCEULab)

En el mundo del arte, el alcohol y la literatura siempre han estado ligados. Autores de la talla de Charles BaudelaireFrancis Scott FitzgeraldCharles Bukowski o Ernest Hemingway demostraron a lo largo de su vida (y de su obra) que la escritura y la bebida funcionaban mejor si las entendíamos como actividades complementarias. Del mismo modo, nosotros, como sociedad, solemos dedicar poco tiempo a reflexionar acerca de los perjuicios del consumo prolongado de alcohol, y disfrutamos inconscientemente de los placeres y sensaciones que nos deja.

Aprovechando que el pasado 15 de noviembre se celebraba el Día Mundial Sin Alcohol, hemos decidido ahondar en esta relación tan compleja y encontrar los verdaderos motivos por los que la gente se lanza a beber. Para ello, en este primer podcast de “La raíz de la actualidad“, hemos contactado con el periodista y escritor Carlos Mayoral, que en 2016 escribió su primera novela al respecto, Etílico; y con el profesor F. David Rodríguez García, especialista en neurobioquímica del alcoholismo y autor del libro “Alcohol y cerebro”. Con ellos, además de con las experiencias concretas de alguno de los escritores que antes mencionábamos, pretendemos acercarnos a una conducta aprobada socialmente y reprobada por los expertos; pero, sobre todo, responder a la siguiente cuestión: ¿Beber alcohol tiene algún beneficio?

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Flirteratura o cómo leer más te puede ayudar a ligar mejor

En palabras de Raymond Carver, Chéjov prefería, «como era habitual en él, el flirteo al matrimonio». Era un hombre «lento de acción en materia amorosa», tal y como lo describe en su relato Tres rosas amarillas, pero a su vez un alma frágil y encarecidamente humana. Con su esposa, Olga Knipper, antes de casarse mantuvo una relación de tres años en la que no faltaron las separaciones, los inevitables malentendidos y -sobre todo- las cartas. Tampoco faltaron los cuentos, pues fue en ese intervalo cuando Chéjov publicaría uno de sus relatos más conocidos: La dama del perrito.

Todos los cuentos de Chéjov pretenden aproximarse a la vida real evitando los lugares comunes de la literatura. De este modo, La dama del perrito no corresponde a la típica historia de amor que comienza con un encuentro apasionado, sino más bien lo hace a través de una conversación frívola y azarosa sobre un perrito blanco de Pomerania. «No muerde» dice ella. «¿Le puedo dar un hueso?» contesta él; cuando en realidad lo único que les interesaba a ambos era medirse mutuamente, sopesar su grado de compatibilidad. ¿A quién no le ha pasado esto alguna vez: preguntar por una cosa para saber la verdad sobre algo totalmente diferente y usar las letras como pretexto? Sigue leyendo

Hemingway, amigo

(Texto original publicado en Highway)

Ya nos pedía perdón Bradley Cooper en su nombre en El lado bueno de las cosas, después de tirar un ejemplar de Adiós a las armas por la ventana. Que por qué no podía Ernest Hemingway ser un poco más positivo y darle un final feliz a la historia, decía; pero la verdad es que cuesta imaginarse al duro de Hemingway siendo esencialmente positivo, sobrio e insignificante en alguno de sus relatos. Francis Scott Fitzgerald, del que llegó a ser amigo, decía que nunca había creído demasiado en la felicidad. Tampoco en la tristeza. Y aunque sus personajes, marcados por un claro componente autobiográfico, estuvieran destinados a la soledad, también bebían de aquel ateísmo que acabó conformando el dogma de la Generación Perdida. No creer en la felicidad no era otra cosa que posicionarse frente a ella.

Según un prólogo de El gran Gatsby, la principal diferencia entre los personajes de ambos escritores era que «a los de Hemingway les suele ocurrir lo que a él le hubiera gustado que le pasara, y a los de Scott Fitzgerald, por el contrario, lo que a su creador no le hubiera gustado que sucediera». Sin embargo, los protagonistas de Fiesta -la primera novela de Hemingway- podrían suponer una excepción. Sigue leyendo