Cataluña ‘Tinder Plus’

Al proceso soberanista catalán le ha ocurrido como a Tinder. Del básico y trivial razonamiento sentimental de sus inicios ya no queda nada, y ahora sus partidarios sólo son capaces de disfrutar del amor –al catalán autóctono, a la lengua o a la nacionalidad- si éste se encuentra plagado de mentiras, lascivia y obscenidades. Malditas sean las apps para ligar, cómo nos han lavado la cabeza. Pero que tampoco cunda el pánico: que hasta Tinder se les ha quedado corto a los catalanes y necesitan encontrar una mejora. ¿Se contentarían, quizá, con Tinder Plus? ¿O con Tinder Gold?

En el número de febrero de la revista Letras Libres, dedicado al amor y a sus nuevas manifestaciones culturales, el ensayista y periodista Ricardo Dudda colaba un texto que, a priori, poco tenía que ver con el asunto central de la publicación. A fin de cuentas, tratar Las mentiras del catalanismocuando también has hablado, páginas atrás, de relaciones interpersonales y sentimentalismo virtual parece descontextualizado; pero, de nuevo, nos equivocamos. No en balde, todas son historias del querer, aunque luego -es verdad- cada una se entienda a su manera. En este caso, el artículo de Dudda vertebraba una crítica rotunda contra el libro ‘Ensayo general de una revuelta: las claves del proceso catalán’ (Galaxia Gutenberg, 2019), del también periodista Francesc-Marc Álvaro. Y, de entre todas las alusiones referidas, me quedé con esta definición institucional de la Cataluña soñada: «una República posnacional basada en la democracia avanzada y la justicia social, en la que cada uno podrá sentir la identidad que quiera y aspirar a una vida mejor». Efectivamente, los catalanes independentistas, así, y con Tinder Plus, estarían satisfechos. Sigue leyendo

Firmar libros, hacerte mayor

Da igual lo que digan los manuales de Biología o los catedráticos en Psicología Evolutiva de la Universidad: el ciclo vital es una farsa. Sí, como lo oyen: porque llegar a los ochenta años y haberte limitado –exclusivamente- a nacer, crecer, reproducirte y morir es lo mismo que no haber vivido nada. Se trata de algo demasiado sencillo. Cosa de niños, más bien. Y ahí está el problema principal.

Hasta hace relativamente poco, diferenciar la infancia de la madurez era sencillo. Bastaba con algunas experiencias y un par de cifras: la altura, los años y la posición económica. Pero, claro, los chavales de hoy en día miden más que sus padres, aparentan más edad de la que tienen y cobran lo mismo que sus hermanos; es decir, nada. Así que ahora lo único que queda para marcar cierta distancia intergeneracional son los detalles; y, de entre todos ellos, el que mejor puede adaptarse a las circunstancias es la firma personal.

Desde luego, una rúbrica consolidada puede ayudarnos a crecer correctamente. Ya lo escribió Laura Ferrero en su primera novela, Qué vas a hacer con el resto de tu vida (Alfaguara, 2017): «Mi madre nunca tuvo firma. Contaba que siempre esperó a ser mayor para inventarse una bonita, original, pero que nunca encontró el momento. Así, terminó firmando los documentos y las cartas únicamente con su nombre acompañado de una, dos o incluso tres rayas, dependiendo del día». Y, así, se quedó con un carácter infantil, frágil y huidizo: «Su nombre, subrayado. Tres líneas rectas y paralelas debajo de Adriana. Como si tuviera que apuntarlo para que no se cayera». Sigue leyendo