Infiltrados

La mirada de un niño funciona como un par de lentes bifocales. Por un lado, todo es demasiado grande a su alrededor, demasiado nuevo, demasiado grave. Y por el otro, los problemas nunca son tan importantes -ni los miedos tan aterradores- como para terminar haciéndose notar. Viven en perfecta armonía, a medio camino entre la exageración constante y la realidad, pero con ese don del que sólo disfrutamos cuando somos pequeños: la inocencia; que nos permite -sin ir más lejos- acercarnos por primera vez a la vida con el paso decidido, sin complejos y dejándonos llevar. Después, crecemos; y al crecer, pensamos: menos mal que los niños, a pesar de todo, siguen siendo inocentes.

Entiéndanme, no es envidia lo que sentimos los adultos. Es, simplemente, una toma de conciencia; una evidencia más de que, por mucho que lo intentemos, no somos capaces de solucionar nuestros propios contratiempos. Tratamos de ocultarlos -eso sí-, de olvidarlos, de buscar algún remedio original en internet, incluso de multiplicarlos; pero nunca logramos resolverlos del todo. Y mucho menos como entonces: cuando éramos unos críos y teníamos la esperanza de que cualquier cosa -por grave que fuera- se podía remediar, aunque fuese con un poco de imaginación. Sigue leyendo

Firmar libros, hacerte mayor

Da igual lo que digan los manuales de Biología o los catedráticos en Psicología Evolutiva de la Universidad: el ciclo vital es una farsa. Sí, como lo oyen: porque llegar a los ochenta años y haberte limitado –exclusivamente- a nacer, crecer, reproducirte y morir es lo mismo que no haber vivido nada. Se trata de algo demasiado sencillo. Cosa de niños, más bien. Y ahí está el problema principal.

Hasta hace relativamente poco, diferenciar la infancia de la madurez era sencillo. Bastaba con algunas experiencias y un par de cifras: la altura, los años y la posición económica. Pero, claro, los chavales de hoy en día miden más que sus padres, aparentan más edad de la que tienen y cobran lo mismo que sus hermanos; es decir, nada. Así que ahora lo único que queda para marcar cierta distancia intergeneracional son los detalles; y, de entre todos ellos, el que mejor puede adaptarse a las circunstancias es la firma personal.

Desde luego, una rúbrica consolidada puede ayudarnos a crecer correctamente. Ya lo escribió Laura Ferrero en su primera novela, Qué vas a hacer con el resto de tu vida (Alfaguara, 2017): «Mi madre nunca tuvo firma. Contaba que siempre esperó a ser mayor para inventarse una bonita, original, pero que nunca encontró el momento. Así, terminó firmando los documentos y las cartas únicamente con su nombre acompañado de una, dos o incluso tres rayas, dependiendo del día». Y, así, se quedó con un carácter infantil, frágil y huidizo: «Su nombre, subrayado. Tres líneas rectas y paralelas debajo de Adriana. Como si tuviera que apuntarlo para que no se cayera». Sigue leyendo