Fin de fiesta: crónica de una noche larga antes de salir a pasear

Se lo preguntaron a Leiva en una ocasión: «¿Te fuerzas a vivir cosas sólo para poder contarlas?», y él dijo que no, que ya no hacía eso. «Igual en unos años de mi vida anteriores me adelantaba a la experiencia para tener una canción (…). Pero llega un punto en el que no tengo tantas expectativas», sentenció. Quizá, vivir determinadas situaciones para luego poder contarlas como propias sea una cuestión generacional, algo del pasado, de la juventud, como cuando cantaba con Pereza aquello de: «Bebiendo y bailando, / bailando y bailando, va pasando el tiempo. / No hay nada como las noches de verano. / No hay nada como las ganas que te tengo», donde terminaban dejando claro cuáles eran, y quiénes, sus rincones favoritos de Madrid. Por ahora, esos rincones se han limitado a los espacios más cercanos, a los que se encuentran a menos de un kilómetro de distancia del propio domicilio; pero, poco a poco, volveremos a ir conquistando los demás. Así lo he ido haciendo yo, por ejemplo. Ah, y juro que todo lo que cuento en estas líneas ha ocurrido de verdad, aunque sean cosas que, inevitablemente, me haya forzado a vivir. Sigue leyendo

Quién quiere una cita

Las primeras citas siempre salen mal. Uno debería ahorrárselas si quiere ir en serio, robarlas, plagiarlas; empezar directamente por la segunda o por la última, esperar el bofetón con los ojos abiertos. Una primera cita es el fin y hay que estar convencido, hay que perseguirlo y escabullirse riendo. Son algo inevitable, como los atascos; y aun existiendo expertos arruinándolas, nadie ha conseguido nunca entenderlas del todo.

Cuando pienso en citas frustradas siempre recuerdo a aquel personaje bajito y caradura llamado Marsé que aparecía de forma fugaz en Últimas tardes con Teresa. Era un experto en no conseguir nada, y los expertos -como todo el mundo sabe- lo son porque les gusta, o bien lo que hacen o bien lo que dejan de hacer. El tal Marsé era un maestro en meter mano, un especialista en echar por la borda cualquier posibilidad, un sinvergüenza que después de acosar a las chicas del “Salón Ritmo” les daba su número de teléfono aun sabiendo que no le llamarían en la vida. Era un estratega que prefería el juego al resultado, y que no tenía tiempo para preocupaciones. Actuaba según sus impulsos: un calentón frío y calculado; y disfrutaba yendo derecho hacia la bofetada, sin preliminares. Sigue leyendo